Al lobo de la estepa

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Foto sacada de internet. Autor desconocido.

Amarga bilis explota y como esporas, esparce su terrible llanto, el hombre de los pasos cansados. No cesa de flagelar su alma, la cual permanece eternamente encerrada en los decenios tortuosos de un ser humano que hace del auto-castigo y el auto-desprecio, su senda predilecta.

Así mismo va el hombre, con insoportable peso sobre sus hombros, de una pena tan longeva como las historias de la creación del cielo y la tierra.

Y es tanta la pena que en su cuerpo circula, que se retuerce y ennegrece, mostrando el lobo de la estepa sus feroces e hirientes dientes, lastimando siempre a quien más quiere, cual si fuere su eterno karma, que ya de tanto en tanto, sigue acumulando el fulano, nuevos y terribles llantos, pues ya no puede con el clamor que le amordaza.

No sabe ser feliz el hombre mitad lobo solitario, pues este último aparece triunfal cada vez que el fulano toma entre sus manos, el vaso de vino incisivo y descarado, al cual se entrega como niño asustado. Y por ahí va, con días de luz y días de sombras. Parece que nada lo asombra pero todo le estorba, porque no haya dicha en la vida, ya que sólo sabe abrumarlo todo con su incontenible hálito de tristeza.
Es que no se ha dado cuenta que dentro de sí, alberga al niño incomprendido y solitario, que creció a su vera, que no pidió la vida y más de alguna vez cargó con culpas ajenas que le consumieron de veras.

Y así creció el hombre, odiando y odiándose, sin admitir que tras ese terrible sentir se escondía con agría melancolía, la incapacidad de amarse con algarabía y estruendosa alegría.
No reconocía el hombre, que su vida era casi de milagro. Sin embargo, debido a su pesado caminar, poco avanzaba ya... Como atascado en dos épocas, sin entender siquiera, la belleza de los sueños que alguna vez albergó su inocente cabeza de niño de campo.

A punta de porrazos, aprendió que la vida era una condena. Eso le impedía oír ya, el peso de sus cadenas.

Cabizbajo camina con afán, perdiéndose entre pensamientos viejos, negándose a recibir lo nuevo. Sólo sabía aferrarse a la desesperanza y la auto-compasión. No podía oír el trino de los pájaros, impidiéndose el placer de la caricia matutina o una sonrisa sin prisa, puesto que en su vida sólo conocía sacrificio y dolor como único camino posible en esta experiencia terrena.

No se perdonaba el viejo y arrastraba su amarga pena, la misma que esperaba lastimera el ocaso, la muerte zalamera que un día y de paso, se llevaría al viejo, mitad lobo, mitad estropajo humano... Permitiendo al fin su descanso, donde podría hallar al niño al fin y a sus sueños perdidos.


Inspirado en el libro de Hermann Hesse "El Lobo estepario"-

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